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París, el arte a cielo abierto

12/10/07 Clarín viajes

CONFIESO QUE HE VIAJADO:SILVINA GARRE

París, el arte a cielo abierto



La confirmación de todas las promesas y todas las expectativas en una primera visita a la capital de Francia. Del cementerio de Père-Lachaise y los museos a los barrios y los puentes sobre el Sena.
Silvina Garré es cantante. En 2007 regresó con el disco "El Deseo" y hace dos meses presentó su nuevo CD, "Canciones sin tiempo".

Aterricé en París en 2006, con las irresistibles ganas de ver y conocer todo. Era mi primer viaje a Francia y también mi primera vez en Europa. Fue como vivir un sueño. Llegué con muchas expectativas a esa ciudad porque mis padres, que han viajado mucho, siempre me decían que era la ciudad más linda del mundo. Y al menos, de las ciudades en las que he estado, reconozco que París es la que más me emocionó. Es una obra de arte a cielo abierto.

Durante los 12 días que estuve caminando sus calles, tuve una extraña sensación de familiaridad, de comodidad, pese a que no hablo ni una palabra de francés. Quizá se deba, en parte, a la arquitectura, que me recordaba a cada paso a mi Buenos Aires.

Recuerdo a París cada vez que suena una música con acordeón, a Edith Piaf -que se escuchaba mucho en mi casa-, o a Nilda Fernández, un cantante español que vive en Francia y cuyas canciones también me recuerdan a las calles parisinas, a mis visitas al Museo del Louvre -de día y de noche-, a esa tienda de ensueño, junto al Palais Royale, que vendía exclusivamente cajas de música. Digo París y vuelvo, entonces, a las Ninfas de Monet, del Museé de l'Orangerie en el Jardín de las Tullerías, y al edificio del Ayuntamiento -conocido como Hotel de Ville-, donde aquella vez me sorprendió una suerte de piquete generado por personas que protestaban frente a las puertas por sus salarios.

En mis días en la ciudad conocí el Centro Pompidou, que alberga el Museo de Arte Moderno; Mont- parnasse, un barrio bohemio, con muchos talleres de artistas, y en cuyo cementerio está la tumba de Cortázar; y el Museé d'Orsay, que aloja, en una antigua estación de tren, los cuadros de los impresionistas. Disfrutaba detenerme en el medio de los puentes -especialmente el Alejandro III- a mirar el Sena. Este puente en particular tiene estatuas de bronce, doradas. La primera vez que estuve allí, caía la tarde. En el momento en que me detuve a observar el paisaje, se iluminó la torre Eiffel. Aquella postal, como si hubiera sido creada para mí, no me la olvido jamás.

El barrio que más me gustó fue, sin dudas, Saint Germain, por sus calles, sus bares, su coquetería. Llegué allí buscando el consultorio de Jacques Lacan, en el número 5 de la Rue de Lille. Pensaba que podría ver su casa, su consultorio, parte de su vida. Pero lo único que encontré fue una placa en la fachada del edificio. Esa visita frustrada fue la mejor excusa para conocer a fondo el barrio.

Otro día, lo pasé, de la mañana a la noche, en el cementerio de Père-Lachaise. Es que allí está enterrada mucha gente a la que admiro, músicos, pintores, escritores, poetas. Guiándome con el mapa que ubica cada una de las tumbas, le puse flores a Chopin, a Oscar Wilde, a Moliere, a Modigliani y a María Callas.

Si uno va por primera vez a París, debería hacerse una lista porque hay lugares que uno no puede dejar de conocer. Pero tampoco vale la pena correr de un museo al otro sin descanso: sólo logrará intoxicarse visualmente. No importa cuánto tiempo esté uno en la ciudad, es imprescindible reservarse un día para perderse en sus calles. Caminar sin rumbo y ver dónde se termina.



Entrevista de Grisel Isaac