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La voz que vuelve del silencio


PÁGINA 12/ CULTURA ESPECTÁCULOS

Viernes 29 de junio de 2007

 entrevista a la cantante Silvina Garré

La voz que vuelve del silencio

Garré publicó un nuevo CD, El deseo, después de doce años.
Imagen: Gustavo Mujica
 
Por Cristian Vitale
Paneo rápido: no tiene hijos, vivió tres años en Estados Unidos, se recibió de psicóloga, trabajó dos años como tal, fue adorada por Caetano Veloso, entristeció y enterneció a medio país con “Era en abril” y “La canción del pinar”, canta desde los cuatro años, fue la pata femenina de la trova rosarina y alguna vez llenó siete veces el Teatro Opera, junto a Juan Carlos Baglietto. Rápido por necesario. Un poco por propia convicción, otro por estados de situación que le jugaron en contra, desapareció varias veces de la escena. Aunque desaparecer, claro, no implica dejar de existir. “Me desilusionó esto del negocio musical. Hubo un momento, principios de los noventa, que las reglas cambiaron abruptamente y eso me desorientó. De repente, empecé a toparme con gente a la que no le importaba la intención de crear belleza a través del buen gusto... apareció un otro con ganas de imponer”, dice, calma, reflexiva y crítica, en una sala estudio de Palermo. El último decenio fue más o menos así, hasta que el reencuentro con un viejo amigo músico –Diego Clemente– le devolvió las ganas de grabar. “No pensábamos grabar, queríamos hacer lo que se nos cantara. Pero la respuesta de la gente en los vivos fue buena, el repertorio estaba híper macerado y terminamos haciéndolo”, completa.
El nuevo disco de Silvina, sucesor de Nuestro lenguaje sagrado (¡1995!), se llama El deseo y lo presenta hoy en el ND Ateneo. Tiene doce canciones, artesanales, algunas muy inspiradas, y dos cortes que volvieron a poner su cara en los medios: “Donde quiera que esté” y “Los buenos tiempos”. “Antes ibas a un programa de radio y los musicalizadores podían elegir tus canciones para pasar, a un periodista le gustaba el disco que hacías y podía hacerte una nota. Era más espontáneo, había más libertad hasta que los medios de comunicación comenzaron a participar directamente del negocio de la música. Eso complicó la difusión, porque las radios bajaban los temas corporativamente”, derrama, explicando de otra manera sus períodos de amesetamiento. La muestra de hoy, prevé, será un repaso completo por su nuevo regalo para gente sensible, más un nexo con clásicos que alguna vez la pusieron en el pedestal.

–¿Extraña exponerse? Cuando grabó los dos primeros discos con Baglietto, todo el mundo hablaba de usted...

–No. Yo no me expongo cuando siento que no tengo nada nuevo para mostrar o aportar. No creo que haya que estar expuesto todo el tiempo. No laburo de personaje, simplemente canto y hago canciones. Eso de que si no te ven todo el tiempo no existís, es una falacia. Además, la gente no se olvida: sólo tenés que mostrarte a las nuevas generaciones. Después de cantar con Baglietto, y vivir lo repentino y vertiginoso del éxito, grabé dos discos como solista y empecé a tocar en bares más pequeños, y también lo disfruté.

–¿Cómo fue el encuentro con la, por entonces, “prototrova” rosarina?

–Muy casual. Fue en un bar a la salida del recital de Almendra, cuando regresó en 1980. Juan estaba con sus amigos en una mesa, yo en otra y empezamos a hablar del show. Después nos fuimos al Café de la Flor a tocar. Fue la primera vez que escuché “Era en abril”. Se estaba separando Irreal –primer grupo de Baglietto–. Después se integraron Fito Páez y Rubén Goldín y, en 1981, quedó conformada la banda.

–¿Cómo aparecieron en Buenos Aires?

–Precisamente por el Café de la Flor. Estábamos tocando ahí y justo había un productor amigo del dueño, tomándose un whisky. Re loco, porque había una fiesta del colegio al que iba el hermano de Juan y él me invitó a tocar. Esa noche hicimos tres temas como dúo y el tipo nos escuchó. Nos ofreció venir y fue toda una conmoción... hasta ese momento tocábamos en peñas por el choripán (risas). La idea de Juan fue traernos a todos.

–Y en menos de un año se transformaron en un suceso. ¿La razón fue el boom del ’82 o simplemente la magia de las canciones?

–El carisma de Baglietto fue fundamental. Era una cosa fuera de lo común verlo cantar... pero también traíamos una poesía nueva, un mensaje diferente. Era un grupo que tenía un aire de folklore, alguna cosa tanguera, aunque en esencia no dejaba de ser rock. Y, sobre todo, andábamos bien con los arreglos vocales. Aunque también ayudó que el primer disco saliera el mismo mes que se prohibió la difusión de música en inglés. Aceleró la cosa, digamos.

–Después llegó “La canción del pinar” de Fandermole, un tema que gastaron en las radios, y aún se sigue pasando...

 –¡Pensar que Fander la escribió cuando tenía 16 años! Y nunca la había grabado, de hecho nunca se la escuché cantar. Un día estábamos en su casa de Rosario y se la pedí. Pero me decía “es tan viejo... qué vas a grabar este tema”. Le insistí tanto, que lo terminé grabando. Gran acierto, ¿no?